Alfredo Estrella
Sayula de Alemán, Veracruz.

No todas las tragedias se escriben con violencia.

Algunas se consuman lentamente, entre el hambre, la enfermedad, la soledad y la indiferencia. La muerte de un adulto mayor en situación de abandono, ocurrida este fin de semana en Sayula de Alemán, deja una pregunta que duele más que cualquier respuesta: ¿En qué momento dejamos de mirar a quienes más nos necesitan?

Un hombre conocido entre los habitantes como Freddy, de aproximadamente 80 años de edad, fue localizado sin vida bajo un techado improvisado, a un costado de la carretera Transístmica. Vivía prácticamente entre una hamaca, algunas pertenencias, recipientes de comida y basura acumulada, condiciones que evidenciaban el abandono en el que transcurrían sus últimos días.

De acuerdo con reportes ciudadanos, el adulto mayor sobrevivía en condiciones extremadamente precarias. Presentaba un avanzado deterioro físico, visibles signos de desnutrición y serias dificultades para caminar. Quienes lo conocían aseguran que los programas de asistencia nunca llegaron hasta él y que, si tenía familiares, hacía mucho tiempo que habían dejado de acompañarlo.

Al sitio acudieron elementos de Protección Civil de Sayula de Alemán, quienes confirmaron que el hombre ya no contaba con signos vitales. Posteriormente, personal de la Secretaría de Seguridad Pública resguardó el área, mientras agentes ministeriales y peritos realizaron las diligencias correspondientes y ordenaron el traslado del cuerpo al Servicio Médico Forense (SEMEFO).

Más allá del protocolo legal, este caso expone una realidad que con frecuencia pasa desapercibida. El abandono de los adultos mayores no siempre ocurre detrás de las puertas de una vivienda; muchas veces sucede a la vista de todos, cuando una persona deja de ser visible para la sociedad.

La historia de Freddy no debería reducirse a una nota policiaca. Su fallecimiento invita a reflexionar sobre la responsabilidad compartida de las familias, las instituciones y la propia comunidad para proteger a quienes, después de toda una vida, merecen envejecer con dignidad y no morir en el olvido.

Porque la verdadera tragedia no es únicamente que un adulto mayor haya perdido la vida, sino que durante mucho tiempo pareciera que nadie escuchó su silencio.