Crónica de un cliente que terminó convirtiéndose en amigo; Norberto Ramos Palomino murió el pasado 21 de julio, pero dejó en el Mercado Coatzacoalcos algo más que el aroma del café
Por: Alfredo Estrella
Hay personas que uno conoce por casualidad y que, sin darse cuenta, terminan formando parte de nuestra vida cotidiana.
A Norberto Ramos Palomino lo conocí así: por accidente.
Era diciembre de 2019 y necesitaba moler café en grano. Llegué hasta el Expendio de Café Anita, en los locales 10 y 12 de la planta baja del Mercado Coatzacoalcos, porque ahí tenían las máquinas para molerlo.
Entré como cualquier cliente. Salí convertido en cliente habitual.
Y con el paso del tiempo, también en amigo de Norberto y Anita.
Recuerdo que por aquellas fechas ya se hablaba de un virus que comenzaba a preocupar al mundo. Todavía nadie imaginaba la dimensión de lo que vendría. En febrero de 2020 México confirmó su primer caso de COVID-19 y semanas después llegó el confinamiento.
Norberto y Anita fueron de los primeros comerciantes que recuerdo haber visto tomar medidas para protegerse.
Colocaron unas mamparas de plástico sujetas con tablas de madera para separar el mostrador de los clientes. No eran bonitas. No tenían diseño. No eran parte de ninguna campaña oficial. Eran tablas, plástico y voluntad.
“Las pusimos porque nadie está usando cubrebocas y nos gusta platicar con nuestros clientes”, me dijeron entonces.
Y aquellas mamparas terminaron convirtiéndose en parte del paisaje del expendio.
La fotografía que acompaña esta crónica fue tomada el 9 de octubre de 2021. Ahí aparecen Norberto y Anita detrás de aquellas mismas barreras, ambos con cubrebocas. Hoy la fotografía tiene otro significado. Porque Norberto ya no está.

“SE NOS FUE DURMIENDO LA SIESTA”
Hace algunos días llegué, como tantas otras veces, a comprar café.
Pero aquella ocasión fue diferente. Doña Anita me apartó discretamente de los demás clientes.
—Señor Estrella, le quiero informar que falleció Norberto. Se nos fue durmiendo la siesta en su cama.
Me quedé sorprendido.
Después me explicó que su corazón ya no resistió más y que eso fue lo que les había dicho el médico que lo atendió.
Norberto Ramos Palomino: se unió a nuestro Señor en el campo de la dicha y el reposo, el día 21 de julio de 2026 a las 16:50 horas, en la ciudad de Coatzacoalcos, Veracruz, a la edad de 62 años.
Se fue prácticamente como había vivido sus últimos años: cerca de su esposa, de su negocio y de la gente que durante tantos años llegó a comprar café.
Pero hay algo que me llamó particularmente la atención. Muchos de sus clientes habituales ni siquiera tuvieron oportunidad de despedirse de él. Simplemente un día dejaron de verlo detrás del mostrador.

UN CONTADOR QUE TERMINÓ ENTRE CAFÉ Y CLIENTES
Norberto nació en Nanchital, Veracruz, pero llegó a Coatzacoalcos para estudiar el bachillerato en la escuela Luis Echeverría.
En aquellos años también trabajó en Petróleos Mexicanos, en el área de concentración.
Posteriormente estudió en la Universidad Veracruzana, campus Coatzacoalcos, y mientras cursaba la carrera trabajó en el despacho contable Freyssinier Morin.
Al terminar sus estudios presentó examen ante Hacienda Federal y consiguió ingresar como auditor fiscal. Posteriormente se desempeñó como supervisor fiscal y llegó a ocupar una jefatura de departamento.
Durante aproximadamente 13 años trabajó en Xalapa dentro de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.
También pasó por la empresa Campi y tuvo una etapa profesional en el área aduanera como coordinador logístico.
PERO LA VIDA TODAVÍA LE TENÍA RESERVADO OTRO DESTINO.
Hace aproximadamente una década, cuando tenía 52 años, decidió incorporarse de lleno al negocio familiar que su esposa, Ana María Rosas Luis, había iniciado en 1986.
Así llegó a convertirse en parte inseparable del Expendio de Café Anita. Y ahí encontró otra manera de ejercer una profesión que no aparecía en ningún título universitario: la de conversar con la gente.
NORBERTO SABÍA DE MUCHAS COSAS
Sus clientes lo recuerdan como un hombre culto, amable, respetuoso y muy conversador. Tenía una voz fuerte, grave, y una manera muy particular de hablar. Podía conversar de prácticamente cualquier tema.
También tuvo su etapa deportiva. Su equipo de atletismo llegó a ganar una carrera nacional y era un apasionado seguidor del Club América.
Pero quizá una de las mejores formas de entender quién era Norberto está en sus pequeñas frases cotidianas.
Cuando llegaba una pareja a comprar café y solamente aparecía uno de los dos, Norberto preguntaba:
—¿Y dónde dejaste a tu señora?
Y si llegaba una persona sola:
—¿Y dónde dejaste a tu señor?
Era su manera de hacer conversación.
Y cuando algún cliente tardaba demasiado en regresar por su café, le soltaba con una sonrisa:
—Me estás traicionando, me estás traicionando.
No era reclamo. Era cariño. Era su manera de decirle al cliente que había notado su ausencia.
LA ÚLTIMA VEZ QUE HABLÉ CON ÉL
La última conversación que tuve con Norberto fue el sábado 18 de julio de este año.
Me dijo que había visto y escuchado una de mis transmisiones en vivo para LIBERAL del Sur desde Minatitlán.
Era una transmisión relacionada con un hecho policiaco ocurrido en la ciudad: “Volvieron a balear la casa del terror; pero ahora con muerto”.
Como siempre, Norberto tenía algo que decir.
Me comentó su impresión sobre el video y conversamos unos minutos.
Nunca imaginé que aquella sería la última vez.
Tres días después, Norberto murió.
Y ahora, cuando paso por el Mercado Coatzacoalcos, inevitablemente pienso en él. Pienso en el olor del café recién molido. En su voz grave.
En sus bromas. En aquella pregunta que hacía a los clientes cuando llegaban solos. “¿Y dónde dejaste a tu señora?”

EL CAFÉ SEGUIRÁ OLIENDO IGUAL
El negocio continuará.
Seguramente las máquinas seguirán moliendo café, los clientes seguirán llegando y Anita continuará atendiendo detrás del mostrador.
Las mamparas de plástico probablemente también seguirán ahí, como testigos silenciosos de aquellos años difíciles de la pandemia.
Pero habrá algo que ya no será igual. Faltará Norberto. Faltará su voz.
Faltarán sus comentarios. Faltará ese hombre que podía convertir una compra de café en una conversación de varios minutos.
Por eso quise escribir estas líneas. No como una esquela. No como una biografía.
Sino como el recuerdo de un cliente que terminó convirtiéndose en amigo.
Norberto se fue, como dice aquella canción del grupo Intocable, que habla precisamente de los amigos que parten, pero dejan su recuerdo.
Y quizá esa sea la mejor manera de despedirlo:
Con una taza de café en la mano, una conversación pendiente y la certeza de que hay personas que, aunque se vayan, permanecen en los lugares donde alguna vez dejaron su voz.
